Vendedor de Quimeras
New York. Nueva York. York Nueva. York Nou. You know. The city that never sleeps; pero a veces, calzoncillos slip. El slipstream como forma de vida; la vida como forma de slipstream. O sleepstream. O Slytherin. Una Slytherin sin Ravenclaw que significa más que Hogwarts, porque en él caben Ron, Hermione y hasta Edward, porque aquí no se duerme y no hay Crepúsculo, o sí. La llegada de la noche es la huida del día, como la camiseta es la negación del pantalón. Ir demasiado lejos es quedarse demasiado cerca en una ciudad donde nada, o todo, es lo que parece.
Shufflé neoyorquino. Mi particular manera de rayar a quien corrija mi trabajo de Periodismo Interactivo
He decidido

Hoy la luna estaba a medias, menguante, brillantísima en su mitad inferior y muy oscura en la superior.

Cosas que pasan, últimamente estoy tan convencido de la inminencia de un cambio que cualquier suceso de mi vida parece una potencial piedra angular, un punto de no retorno que en realidad termina reduciéndose a su sustancia de casualidad nimia.

Como últimamente ha sido el segundo aniversario de que conociera a la zagala que subió el listón más alto de lo que ninguna otra ha sido capaz de trepar, ¡no digamos de saltar!, me figuro que es más o menos lógico que esté sensitivo. Además, ha pasado el tiempo suficiente para relativizar la última frustración y dar por bien invertido el esfuerzo en pos de una historia que no cuajó. También he vuelto a saborear ese cogollo de lechuga de lo intrascendente, el fast-food orishista…

Y claro, he sacado conclusiones.

De la penúltima historia salí pensando en buscar una chica Acuario. La encontré y sólo me sirvió para ilusionarla un par de días. Nada trascendente ni singular, aunque yo deseaba que lo fuera.

Para la próxima, que seguramente sea pronto por cuanto estoy predestinadísimo a que sea así, no quiero una Acuario. Osease: me da igual su signo zodiacal. Sólo voy a poner una condición… ¡Quiero que escriba bien!

… Porque me apetece vivir algo singular con una chica inspirada y que me inspire. Que mi vida ahora mismo marcha genial y pretendo ponerle una guinda que merezca la pena.

ridesabike:

Ronald Reagan and Virginia Mayo ride a bike.

Que sí, que buenas noches, porque la noche lo merece y el porvenir también.
Es mucho más interesante que los sueños no se cumplan. Cuando traían malos presagios, porque los descartan. Cuando los traían buenos, porque crean la posibilidad…

ridesabike:

Ronald Reagan and Virginia Mayo ride a bike.

Que sí, que buenas noches, porque la noche lo merece y el porvenir también.

Es mucho más interesante que los sueños no se cumplan. Cuando traían malos presagios, porque los descartan. Cuando los traían buenos, porque crean la posibilidad…

Un sistema a medida

Para que tengáis una idea de las ideas revolucionarias, posdecadentes, utópicas y deleznables que defiendo en el campo de la Comunicación desde mi Facultad de Periodismo…

Por suerte o por desgracia, no se trata de una cuestión económica, política, criminal, deportiva, alimenticia o religiosa. Es un asunto de valores al servicio del poder.

Observando desde el prisma preciso, podemos achacar cualquier tipo de responsabilidad sobre fechorías, inconscientes o prevaricatorias, en la decadencia de los valores imbuidos en la persona para ser adaptados a las exigencias egoístas de una sociedad, también, egoísta. Cualquier término se pervierte, presta ropa y maquillaje a un cuerpo corrupto por la idiosincrasia generalizada, semilla ideal para que germine la infelicidad.

El caso concreto de la concentración de las radios españolas me parece un buen ejemplo para esta abstracción. Las ideas originales de la democracia, como gobierno del pueblo; la igualdad de oportunidades, como garante de la equidad entre personas; y la libertad de expresión, como legitimador del discurso independiente, se ponen al servicio del sistema para favorecer la perpetuación de éste y quienes detentan su poder.

Cada Gobierno concede a los empresarios de su cuerda la licencia para emitir en las ondas radiofónicas que controla, en un ejercicio de egoísmo legitimado y posibilitado por la creación de estructuras ‘ad hoc’ para una mejor supervisión del sistema.

La empresa [de comunicación] depende de las prebendas del Gobierno; el Gobierno depende de la indulgencia de la empresa [de comunicación]. El pueblo, con las extremidades anestesiadas, no tiene otro remedio que someterse al masaje cerebral del medio que le ha tocado padecer merced a la voluntad de quien ha votado para ejercer un poder excesivo e inviolable desde la base.

Si el 42% de las emisoras pertenecen a Unión Radio, habrá un 42% de opciones de que el pueblo como grupo de ciudadanos escuche y se impregne de Unión Radio, sus filias, sus fobias, sus manías, su forma de reírse, de observar y de sentarse en la mesa.

Uno de los grandes triunfos de la Sociedad actual, llámese de Mercado, de la Información o del Bienestar, es que la gente ya no hace lo que le gusta, sino lo que le permiten hacer. Comunicativamente, se nos permite gozar de un sistema mediático concebido para perpetuar los valores y estructuras vigentes. Disfrutemos, pues, y votemos en blanco en las próximas elecciones para demostrar que estamos descontentos, pero no tanto como para despertar de la indiferencia.

El secreto de las tortugas

Desde que soy pequeño tengo una tortuga. Al principio se llamaba de alguna manera, pero al poco tiempo empezamos a decirle Tortu y así sigue, 17 años y cinco kilos después. Para mí, verano es sinónimo de lavar la tortuga cuando termina la etapa del Tour, mientras estoy masticando en mi cabeza lo que acaba de suceder y organizo mis ideas antes de escribir…

Luego, cuando los meses de Julio habían logrado ligar el concepto ‘tortuga’ con el verano… uy, no, me he saltado una cosa.

Mi Tortu fue también, durante un par de años, una excusa para leer. Percibí en algún sitio que convenía que a la tortuga le diera el Sol directamente cada día, y lo puse en práctica subiéndola cada día a la terraza del bloque donde vivo en Penny Lane. Mientras ella paseaba, perezosamente, yo leía. Era la época en la cual estaba enganchado a ‘Caballo de Troya’, de J.J. Benítez, y me leí dos volúmenes de aquellos en los ratos, quizá una hora al día, en los cuales subía a la tortuga a pasear a la terraza. Casi siempre terminaban porque mi padre me llamaba, enfadado porque no estaba ayudando en la Tienda. No era verano, pero casi.

Luego, cuando los meses de Julio habían logrado ligar el concepto ‘tortuga’ con el verano, apareció Maldita Nerea e hizo un disco llamado ‘El secreto de las tortugas’. No lo he escuchado en mi vida, a pesar de que el grupo no me parece despreciable. Sin embargo, el título… El título puso en marcha la espiral de obsesiones…

… Porque me imaginaba a las tortugas y a su secreto nadando majestuosamente indefensas en medio del mar. Eran como cofrecitos, con su jenesaisquoi oculto en el interior, huyendo del océano para vararse en la playa. Y, una vez ahí, no podía imaginarme otra persona que no fuera una chica, con aparato y una camiseta lila, agachada frente a esa tortuga, intentando descifrarla. En ese momento aparecía yo mismo y, algo nervioso, le explicaba cuál era ese secreto que escondía el cofrecito varado.

Todo eso evocaba a ‘Verano del 74’, a Blossom y Lisa Simpson haciendo amigos en la playa. A los Beach Boys, a lo que nunca fui ni seré porque tristemente la oportunidad ya pasó. 

Porque claro, el rollo ese de la orilla del mar… La mística del olor a sal y jugar al voleibol hasta que anochece… Eso, por desgracia, me queda un tanto lejos; y me entristece pensar que pude vivirlo y preferí esconder la cabeza, creándome una frustración nimia al amanecer y vital en el crepúsculo.

Quizá ese sea el secreto de las tortugas.

Por eso entenderás que vea tu camiseta de Maldita Nerea y me sienta apocado, y te mire con ojos vidriosos, y prefiera no hablar demasiado ante ella.

Por eso entenderéis que me sienta un poquito tortuga cuando me retracto, pensando que he invertido demasiados esfuerzos y demasiadas ganas en vosotras y no me habéis merecido la pena… Cuando en realidad he tenido suerte por viviros, y habéis tenido suerte por vivirme.

¿Tan difícil de comprender que el tiempo siempre rinde, jamás se pierde? Que la única duda es si somos felices con lo que hemos hecho, pero siempre nos será útil… Porque las tortugas nadan en el mar, y da la sensación de que no pueden estar yendo a ningún lado: ¿dónde carajo van a ir? ¡Solas en medio del océano, del todo, con trescientos metros de agua debajo, y enfrente, y a la espalda! Pero nadan…

Quizá ese sea el secreto de las tortugas.

Es Cate Blanchett, en medio de Berlín, en 1945. Me encanta el tumblr “Rides a Bike”.
La sensación de desasosiego cuando sabes que no significas bien. Cuando ella yace a tu lado y sabes que te has equivocado, que tus actos no le han contado lo que tú verdaderamente deseas. Cuando debes confiar en que ella sepa entenderte, pero sabes que eso es mucho confiar.
A veces uno se esfuerza para nada. Supongo que es inevitable: que apostar es imprescindible para ganar, que asumir riesgo acarrea una opción importante de fracaso. También que a veces fracasas tú y a veces fracasa ella.
La sensación de desasosiego cuando sabes que no significas bien. Si yo fuera una palabra, sería mi mayor miedo. Quiero decir: si yo fuera el verbo ‘patrocinar’, y me confundieran a menudo con ‘publicitar’… o si fuera ‘plausible’, o ‘perjurar’, o ‘asequible’… Me sentiría paralítico. Un verbo que es universalmente mal conjugado equivale a un sordo; necesita vivir con subtítulos, con la apostilla contante de “no se dice ‘cabo’, sino ‘quepo’”. Una palabra cuya semántica no es respetada es una palabra paralítica…
Por eso, para no ser paralítico, procuro salir cada día en bicicleta. Ahí si me expreso bien, sin presión ni miedos ni complejos. Sólo necesito el terreno y la máquina; puedo prescindir de la gente, de la información, de las dudas, de las drogas, de la desolación e incluso de la euforia. Sólo necesito mi bicicleta para sentirme libre, para sentirme vivo, para sentirme yo, para sentir que significo exactamente lo que quiero.
No sé. En noches como estas dudo de mí, de mi persona, de mi individuo, de mi contexto, de mi futuro, de mi pasado y de mi presente.
Me imagino este verano en Málaga, descubriendo que no figuro en el diccionario. Me imagino en el pisete, soltándome las riendas, volviendo a dejar prosperar la barba hasta límites indecentes, leyendo cada noche hasta las tantas de la madrugada en busca de mi semántica.
Me imagino clavando la vista en miradas que me interesan porque pueden aportarme algo.
Me imagino las pupilas de un lobo, y el iris como un mar, infinito e imponderable. Me imagino maldito.
Me imagino una mañana, despertando acompañado por un rostro demasiado familiar, cerrando los ojos y pensando que cuando ella despierte los entreabriré, fríos, para encontrar los suyos y susurrarle… “Sabes que no significo nada, ¿no?”

Es Cate Blanchett, en medio de Berlín, en 1945. Me encanta el tumblr “Rides a Bike”.

La sensación de desasosiego cuando sabes que no significas bien. Cuando ella yace a tu lado y sabes que te has equivocado, que tus actos no le han contado lo que tú verdaderamente deseas. Cuando debes confiar en que ella sepa entenderte, pero sabes que eso es mucho confiar.

A veces uno se esfuerza para nada. Supongo que es inevitable: que apostar es imprescindible para ganar, que asumir riesgo acarrea una opción importante de fracaso. También que a veces fracasas tú y a veces fracasa ella.

La sensación de desasosiego cuando sabes que no significas bien. Si yo fuera una palabra, sería mi mayor miedo. Quiero decir: si yo fuera el verbo ‘patrocinar’, y me confundieran a menudo con ‘publicitar’… o si fuera ‘plausible’, o ‘perjurar’, o ‘asequible’… Me sentiría paralítico. Un verbo que es universalmente mal conjugado equivale a un sordo; necesita vivir con subtítulos, con la apostilla contante de “no se dice ‘cabo’, sino ‘quepo’”. Una palabra cuya semántica no es respetada es una palabra paralítica…

Por eso, para no ser paralítico, procuro salir cada día en bicicleta. Ahí si me expreso bien, sin presión ni miedos ni complejos. Sólo necesito el terreno y la máquina; puedo prescindir de la gente, de la información, de las dudas, de las drogas, de la desolación e incluso de la euforia. Sólo necesito mi bicicleta para sentirme libre, para sentirme vivo, para sentirme yo, para sentir que significo exactamente lo que quiero.

No sé. En noches como estas dudo de mí, de mi persona, de mi individuo, de mi contexto, de mi futuro, de mi pasado y de mi presente.

Me imagino este verano en Málaga, descubriendo que no figuro en el diccionario. Me imagino en el pisete, soltándome las riendas, volviendo a dejar prosperar la barba hasta límites indecentes, leyendo cada noche hasta las tantas de la madrugada en busca de mi semántica.

Me imagino clavando la vista en miradas que me interesan porque pueden aportarme algo.

Me imagino las pupilas de un lobo, y el iris como un mar, infinito e imponderable. Me imagino maldito.

Me imagino una mañana, despertando acompañado por un rostro demasiado familiar, cerrando los ojos y pensando que cuando ella despierte los entreabriré, fríos, para encontrar los suyos y susurrarle… “Sabes que no significo nada, ¿no?”

Chinas

Estaba en la parada del autobús, esperando a que viniera el 4 y padeciendo algo de frío, cuando una pareja, china y español, se asomaron al interior de la marquesina. Ella tiraba de él, que se aferraba a su mano; escrutó el folio de los horarios y, sin girarse a mirarle, tiró hacia fuera de la parada con su novio-apéndice tras ella.

Pude percibir entonces de cerca la mirada de aquel chaval, un españolito más bien feo; en ella, un deje de agradecimiento hacia la preciosa chinita occidentalizada que había conseguido ligar. Como si se sintiera más seguro por poder sujetarse a ella en aquel paseo nocturno.

La pareja se alejó diez metros de mi posición, compartida con una divorciada que no retiraba la mirada de su teléfono. Él se detuvo, reclamó la atención de su china y la devoró con un beso intenso. Me invadió la empatía: si hay algo que me gusta hacer con mis parejas, evanescentes y efímeras, es besarlas en medio de la calle para fundar con ellas un nuevo país, evanescente y efímero, independiente y tropical a pesar del ajetreo asfaltado que le rodea. Una nueva patria, apenas un par de metros cúbicos confeccionados a medida de nuestros cuerpos, de nuestra pasión, evanescente y efímera…

Aparté la mirada por pudor, satisfecho sin embargo de ver tan feliz al zagal con su preciosa chinita occidentalizada.

Entonces vi, a través de la marquesina, un grupo de tres chinas que empezaban a señalar a la pareja. La novia, con cara de ensueño tras el precioso beso de su españolito, no pudo disimular cierta sorpresa diluida por la impertinente invasión de encontrarse con amigas con las cuales llevaba unos días sin hablar en un momento en el cual se hallaba en otra dimensión, otra patria, otra frecuencia de pensamientos y sentimientos.

Curiosamente, las tres amigas sobrevenidas respondían al mismo patrón, eran muy delgadas y vestían leggings: una azul, otra rosa, otra leopardo. Esta última emitió un agudo chillido, de ‘teen’ americana, y la abrazó riendo.

El alborozo chino contrastaba con la prudencia del españolito, algo disgustado. La conversación discurría, probablemente, en la lengua de las zagalas; así que sólo le quedaba mantener una media sonrisa cortés y suplicar a Zeus para que un rayo partiera a las invasoras que, de repente, le habían convertido en extranjero de su propia patria.

En el mismo momento, diez metros más allá, una señora china, cuarenta años y aspecto perfectamente identificable con un bazar llamado Shanghai o un restaurante llamado Dragón, cruzaba la calle cabizbaja. Miraba de reojo a la reunión social. Seguía cruzando, daba la espalda, se marchaba a su recogido hogar…

… Cruzando sus pasos con los de una pléyade de seis chinas adolescentes, tres de ellas con camiseta del Real Madrid, que saludaban desde lejos. Sí, saludaban a la preciosa chinita occidentalizada y sus tres amigas; todas se conocían entre sí. Ahora las diez chinas se abrazaban, retozaban, y sus abrazos y retoces formaban una frontera de la que el españolito quedaba fuera. Su novia le miró de reojo, con compasión, comprendiendo que acababan de echarle de su propio país.

Los leggings rosa y leopardo comprendieron entonces su intromisión y la incómoda situación del españolito y se giraron para intentar incluirle en el alborozo de las compatriotas. Él reaccionó con prudente hastío, contestó con la media sonrisa cortés y siguió rogando en su fuero interno a Zeus por una devastadora descarga eléctrica sobre las intrusas.

En esas estaba cuando llegó el 4. Subí al autobús y me quedé sin saber el final de la historia.

Un acto gratuito

Estaba esperando en la puerta del estanco y lo vi venir a lo lejos, con su rostro estólido y sus maneras de Varón Dandy. Aparté levemente la mirada: él me había localizado a mí, y yo a él también. Resoplé por el lado de los labios que quedaba oculto de su perspectiva y sentí cómo se dibujaba en su cara una sonrisa lenta, pegajosa…

Volteé la cabeza y observé que, en su desfile de pompa, había desviado ligeramente su trayectoria: ¡no iba a chocar conmigo, sino a franquearme! Con gran alegría percibí que tampoco aminoraba su marcha… ¡no iba a detenerse! ¡A Dios gracias!

Extendió el brazo cuando llegaba a mi altura, manteniendo el otro flexionado en teatrales noventa grados…

- Hasta luego, Fran

Sonrió de soslayo. Yo le iba a corresponder, pero me dio vergüenza pensar en mi hipocresía y decidí contestar a su saludo sin mirar aquellos ojos, laxos, como para no verme reflejado en sus pupilas…

- ¡Buenas, tronco! - titubeé. - ¡Me alegro de verte!

El colega siguió su camino sin detenerse y yo hundí la cabeza en mi pecho, avergonzado. Lo único bueno que tuvo aquel encuentro es que fue gratis.

“Ya no creo en la gente”

El otro día entrevisté a un discapacitado de mi pueblo. No es un discapacitado en toda la extensión de la palabra; digamos que su mente va a cien y su cuerpo a veinte. Como todas las conversaciones con personas ejemplares, que se han superado a sí mismas, la que sostuve con Iván (así se llama) me dejó pensando…

… Sobre todo porque uno espera encontrarse con una persona agradecida de todo, admiradora del mundo que tiene alrededor; alguien que glosara las bondades de la vida porque estuvo tan cerca de perderla que ahora la aprecia un montón …

… Pero no es el caso. Iván estaba desengañado. Me dijo muchas cosas que prefiero no plasmar ahora y que tampoco pondré en el reportaje que debo producir para mañana a las 21., pero hubo una en particular que está marcando mi existencia hasta ahora: “Ya no creo en la gente. Creo más en mí mismo, en el dinero, en mi famiila, en Dios y en mi espíritu… Pero ya no creo en la gente”

Iván me dejó pensando. Él se había rehecho a sí mismo tras un accidente de tráfico horripilante y, consideraba, sólo encontró apoyo en su famiila. Ni sus colegas, ni su entonces novia… “Yo ya no tengo amigos. Yo sólo tengo conocidos”.

Últimamente estoy reflexionando, demasiado, sobre mi alrededor. Sobre mi carrera, sobre mis amigos y sobre mi vida. Sobre las dudas que me ofrecen todos ellos. Las dudas del Whatsapp ardiendo, del periodismo servil, de las juergas, de la biblioteca, del café, de los sumarios de la Operación Puerto, del tranquileo, del Skype y el Twitter…

Y, cuanto más lo pienso, más ganas tengo de estar solo. Más grande se me hace la pompa y la insatisfacción, la sensación de hipocresía propia y ajena. Empieza a caerme mal la gente como masa; empiezan a caerme mal los individuos, tanto por presencia como por ausencia; empieza a caerme mal mi carrera y mi proyecto de vida; empieza a caerme mal la sensación de estar desbordado e impotente, de dormir pocas horas y que aún así me falten un par más en el día… empiezo a caerme mal a mí mismo…

Qué ganas tengo de que sea verano para que salga el sol, para poder dejar de alumbrarme con farolas y calentarme con una estufa. Para salir con la bicicleta sin chaqueta y achicharrarme subiendo a La Parra… y notar que cada pedalada me acerca un poquitín más al cielo, la libertad y el silencio…

Un bello final

- Apaga la luz, por favor

Lo dijo como si dependiera de mí. Ignoraba que en realidad nos iluminaba una farola y estaba amaneciendo.