Vendedor de Quimeras
Simplemente NO

- No me gusta tu novia.

Lo dije y la frase se quedó ahí, flotando entre mi mejor amigo y yo, como si fuera una mota de polvo o una mosca, molesta e inexorable.

- … Pero, en tu descargo… O más bien en el suyo…. He de admitir que la situación no era la mejor. Y que la amiga era fea y gorda.

Andrea Fuentes

Unos días antes de mi vigésimo cumpleaños, leyendo El País en mi zapatería, me encontré con una entrevista a Andrea Fuentes. Me gustó.

“Me lo paso mejor siendo yo misma [..] Odio los esquemas. Me gusta mucho romperlos. ¿Qué mejor que ser nuevo en algo? Con las posibilidades que hay en la vida de hacer cosas, ¿por qué vas a repetir lo que ya se ha hecho? ¿Por el miedo? ¡Siempre el miedo, el miedo, el miedo…! ¡Miedo si te apuntan con una pistola!”

Acababa de conseguir la medalla de plata en el solo del Mundial de natación sincronizada (casi un oro, porque Rusia siempre gana) utilizando ‘Je ne regrette rien’ como música. Como la canción me gustaba y la artista, en este caso nadadora, también, busque el vídeo de la actuación a mediodía. 

Andrea Fuentes dejó de gustarme porque me enamoré de ella.



Yo no entiendo mucho de sincro; apenas nada. Pero comprendí, creo, de que iba el rollo en aquella coreografía de melodía poco ortodoxa y movimientos apasionados, coléricos, repletos de fuerza, carismáticos. El rostro avezado, los dientes apretados, a punto de dibujar un gesto felino con la comisura izquierda de los labios.

La consecuencia inmediata es que lloré por pura emoción y me decidí a sauter la barrière por enésima vez en mi vida. Aquella tarde llamé a Matxin para ofrecerme a llevar la prensa de Geox durante la Vuelta a España. Ya sabéis qué vino después: que me incorporé al equipo, ganamos y viví algunos de los mejores días de mi vida.

Periódicamente, cuando me quiero chutar de motivación, emoción y adrenalina, vuelvo a leer la entrevista y a ver la actuación. Es combustible. Mi particular raya de cocaína sentimental para enfrentarme a un nuevo proyecto, un cambio en mi vida o un desafío.

Para mí, 2013 es un desafío en sí mismo. El año pour sauter les barrières. A lo grande, en plural y desdeñando lo convencional.

Tengo una lista no escrita de deseos, otra de proyectos; y también una tercera, plasmada en la última hoja de mi agenda, con objetivos. Esta noche añado el decimocuarto: hablar con Andrea Fuentes. Y decirle, porque me apetece decírselo, que ha sido importante para mi vida y estoy enamorado.

Dicen mis colegas que hago excentricidades para autoafirmarme. Actos contra la lógica con tal de afianzar la imagen que tengo de mí mismo e individuarme. Y no les falta razón.

El viernes por la mañana cogí la bicicleta mientras llovía a mares. Había dormido en casa de un colega, tenía que ir a la Universidad y necesitaba ducharme y coger aperos antes. Podría haber dejado la bici en el piso ajeno para recuperarla luego, marcarme una caminata o ir en coche. Pero preferí tomarla y empamarme, empaparlo todo (¡menos mal que me dio por protegerlo con cartones!), casi estrellarme con un autobús porque con el agua los frenos iban chungos y las ruedas deslizaban…

Hago excentricidades para autoafirmarme, y soy feliz con ellas. Esos quince minutos de bicicleta bajo la lluvia los guardo entre los mejores momentos de mi vida. Me sentía en la gloria, pedaleando enzarpado, con un poco de miedo porque tenía miedo de irme al suelo y muchísima adrenalina.

Últimamente no recibo buenas noticias. You know: por eso no voy a #ciclismoandtweets, por eso estoy tan limitado. Encima, el reportaje que estoy preparando es farragoso y triste. Estoy dejando de creer en el ciclismo, en la gente que hay dentro. Porque un día te encargan un curro y te prometen x, y cuando lo has hecho dejan de responderte. Supongo que hay bribones en todos lados, pero me jode que se aprovechen de mí y de otros que también han sentido la inmensa felicidad de pedalear un cuarto de hora bajo la lluvia.

Una [dos] de las peores noticias que he recibido me llegaron de camino a Ceuta. Tuve la suerte de pasarlo bien allí, por mil motivos. No me amargué, y resolví que debía refundarme ahora que no tenía casi nada. En el barco de vuelta, plasmé el sinsabor en un papel y dejé que el viento, fortísimo, se lo llevara al agua de un punto indeterminado del Estrecho.

Sucedieron muchas cosas dentro de mí en ese rato bajo el viento y la lluvia, en el medio del mar y la noche. Me sentí muy solo, y a la vez muy fuerte. Me sentí muy individuo, muy capaz, muy vulnerable, muy roto y muy entero. Tan solo y tan fuerte…

Entonces vi a una gaviota volando junto al barco. Contra el viento y la lluvia, en medio del mar y la noche, se mantenía en paralelo con su viente blanco resplandeciendo levemente en la oscuridad.

Quiero ser como ella y como esa versión de mí mismo que pedaleó quince minutos bajo la lluvia el viernes pasado.

La fase irónica del cansancio es esa donde te vienen a la cabeza un montón de pensamientos zahirientes y sardónicos, hacia ti mismo y hacia los demás. Se agolpan generando un poso de amargura y reflexión, tan lúcida como desesperanzada, que termina por desembocar en una fase de tristeza y desánimo.
Después viene la fase obsesiva, ésa en la cual no puedes dejar de pensar en algo. Puede que te dé por pensar en la responsabilidad, en cuyo caso estás perdido y destinado a caer en un círculo vicioso de agobio. O a lo mejor recurres a cualquier otra cosa, un acto, un sabor, una persona… Y te olvidas de todo, incluido aquello que te cansaba.
Tendríais que verme últimamente. Mi pose, mi indiferencia, mi individualismo, mi desgana, mi ironía. Supongo que estoy bastante quemado y un poco desilusionado.
Un día de estos la cosa cambiará. Se concretará algo, prosperará un gran proyecto, o Adriana La Cerva sonreirá para mí.

La fase irónica del cansancio es esa donde te vienen a la cabeza un montón de pensamientos zahirientes y sardónicos, hacia ti mismo y hacia los demás. Se agolpan generando un poso de amargura y reflexión, tan lúcida como desesperanzada, que termina por desembocar en una fase de tristeza y desánimo.

Después viene la fase obsesiva, ésa en la cual no puedes dejar de pensar en algo. Puede que te dé por pensar en la responsabilidad, en cuyo caso estás perdido y destinado a caer en un círculo vicioso de agobio. O a lo mejor recurres a cualquier otra cosa, un acto, un sabor, una persona… Y te olvidas de todo, incluido aquello que te cansaba.

Tendríais que verme últimamente. Mi pose, mi indiferencia, mi individualismo, mi desgana, mi ironía. Supongo que estoy bastante quemado y un poco desilusionado.

Un día de estos la cosa cambiará. Se concretará algo, prosperará un gran proyecto, o Adriana La Cerva sonreirá para mí.

Clemens Fankhauser

Hoy os iba a dar un paseo por mi mente. Me pareció una buena idea ofreceros una pequeña visita turística por ese enclave. Ahora que curro en la zapatería, cada día lo esquilo para que el público no se asuste de las greñas, ni se enrede ni se agobie. Y os lo iba a enseñar así, tal cual, al natural, sin ropa doblada o planchada, ni colonia recién rociada, ni esquinas barridas. Con sus auroras boreales, su mugre, sus plantas creciendo por el techo, sus animalitos zampando ‘monguis’, y hasta con el agua de la manguera abierta.

Pero me da miedo de que os quedéis atrapados y deba llevaros en la cabeza toda mi puta vida.

Una vez caminé por mi mente en sueños, aunque no lo supe hasta un rato después de despertarme.

Tenía 13 ó 14 años. Mi mejor amigo de entonces y yo marchábamos por una vereda polvorienta, forzados por algo que nos obligaba a continuar, asqueados porque había alguna que otra cucaracha danzando alrededor.

En esas llegábamos a una especie de faro abandonado, en el borde de un acantilado, coloreado de amarillo y con techo alto. Entrábamos en una estancia redonda y observábamos sin saber qué veíamos. Para empezar, había dos ventanas frente a nosotros desde las cuales se observaba el mar; por una tempestuoso, por la otra calmo. Por el suelo había papeles, muchos papeles; junto a las paredes, alguna mesa y unas cuantas estanterías con libros. Los muros estaban completamente desnudos, salvo por un pequeño póster sobre una de las mesas que rezaba el palmarés de una carrera ciclista. Mi amigo y yo nos asomamos a la ventana que daba al mar tempestuoso…

Y bueno, entonces me desperté, miré el libro de interpretación de sueños y concluí que había estado dándome un garbeo por mi mente, que se preveía a sí misma una vida de desorden, libros y ciclismo con perspectivas que, según mirara, serían tranquilas o alteradas.

De haber sabido que estaba en mi mente hubiera aprovechado para leer unos cuantos papeles, e incluso para escribir alguno. Con interrogaciones. Para que fuera incierto.